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Reflexión

Cuando ser médico duele: una reflexión necesaria sobre el respeto a quienes cuidan

6 de octubre, 2026
Dr. Darwin Moncayo

Parece mentira cómo han cambiado los tiempos. Hubo una época en que la figura del médico era sinónimo de respeto: se valoraba su profesión, su labor y, sobre todo, el conocimiento que había detrás de cada diagnóstico y cada decisión clínica. Hoy, sin embargo, esa consideración se ha ido diluyendo. El médico es pasado por alto con una naturalidad que sorprende, puede ser objeto de maltrato físico o psicológico, enfrenta condiciones laborales que distan mucho de lo que debería llamarse justo, percibe sueldos insuficientes y carga con una sobrecarga de trabajo que termina afectando directamente su estado emocional, su salud mental y, en última instancia, su desempeño profesional. Porque, antes que médico, hay un ser humano: alguien con emociones, con familia, con preocupaciones propias, que las deja de lado para entregar lo mejor de sí a sus pacientes. Lo hace por vocación, por amor al prójimo y por una genuina voluntad de servicio.

Pero que el médico elija servir no significa que sea inmune al cansancio, a la tristeza o a la preocupación constante. Tampoco significa que no necesite un salario justo y digno. De vocación y buena voluntad no se vive: no se pagan deudas, no se sostiene un hogar, no se alimenta ni se educa a una familia. Es momento de decirlo con claridad: el médico no puede seguir siendo la única profesión donde se espera entrega total a cambio de reconocimiento parcial.

Una profesión que ha ido perdiendo su rumbo

A esto se suma un fenómeno preocupante: hasta hace poco, no pocas personas escogían esta carrera motivadas únicamente por el prestigio o la expectativa económica, dejando en segundo plano la esencia misma de la medicina. Y ahí quiero ser enfático: no somos comerciantes, somos médicos. Esa diferencia, aunque parezca sutil, lo es todo. Cuando a esta desviación de propósito se suma la variabilidad en la calidad de la formación de muchos profesionales, el resultado es una erosión progresiva de la razón de ser de la medicina, de su nobleza original y, por consecuencia, del respeto que históricamente la acompañaba.

La era de la desinformación

Lo anterior ya representaba un desafío importante, pero el panorama se ha vuelto considerablemente más complejo con la irrupción de las redes sociales, el internet, la inteligencia artificial y los influencers. Hoy, cualquier persona puede erigirse en autoridad médica: opina, receta consejos y hasta cuestiona tratamientos sin verificar siquiera el origen de la información que repite. No solo carecen de un título profesional, sino que ni siquiera contrastan sus fuentes; y, sin embargo, por el simple hecho de ser populares, se les cree ciegamente. Los resultados de esta práctica, lamentablemente, se harán evidentes en el mediano y largo plazo, cuando el daño ya esté hecho.

Esto importa, y mucho, porque las consecuencias son concretas: hoy tenemos médicos menos felices y, en un futuro cercano, tendremos menos médicos. La demanda de atención en salud seguirá creciendo, pero la oferta de profesionales dispuestos a sostenerla se reducirá. Y conviene recordarlo con firmeza: está demostrado que la inteligencia artificial no puede sustituir al médico. Incluso con acceso a todos los datos posibles, puede equivocarse, porque la medicina no es solo procesamiento de información, es juicio clínico, experiencia y contacto humano.

Una experiencia que no es aislada

Creo que es momento de reflexionar sobre esto, y lo digo desde la experiencia propia, porque lo he vivido en carne propia esa sensación de ingratitud, de incoherencia y, en muchos casos, de franca injusticia. Pacientes que cuestionan el valor de años de estudio y formación continua, que no desean reconocer económicamente ese conocimiento. Pacientes que juegan con el tiempo del médico mediante inasistencias reiteradas o reprogramaciones múltiples e innecesarias. Pacientes que cuestionan el tratamiento indicado porque "la vecina recomendó otro" y confían más en esa referencia informal que en el criterio profesional que fueron a buscar, lo cual lleva inevitablemente a preguntarse: si es así, ¿para qué acuden a la consulta?

Y luego está la falta de adherencia al tratamiento. En mi especialidad, por ejemplo, es habitual encontrar pacientes que no respetan el reposo ni los cuidados postoperatorios indicados, que como consecuencia sufren complicaciones evitables y que, en lugar de asumir su responsabilidad, terminan culpando al médico. Se escuchan entonces calificativos como "matasanos", "irresponsable" o "inexperto", entre otros que preferiría no repetir. El nombre del profesional queda manchado públicamente, sin que exista después una reparación real del daño, porque lo amarillista vende: el escándalo, el show, la denuncia sin contexto. Rara vez hay una disculpa pública, y mucho menos una compensación por las noches de insomnio derivadas de la preocupación, por el tiempo robado a la vida personal mientras se resuelven complicaciones que el médico no originó, o por esa presencia física pero ausencia mental en momentos familiares importantes, consecuencia directa de cargar con estos conflictos a diario.

Es momento de un cambio real

Es hora de transformar este conjunto de situaciones tan injustas que se viven hoy en la práctica médica. Las cifras lo confirman: las tasas de burnout, depresión y suicidio entre médicos de distintas especialidades han venido aumentando de manera sostenida a lo largo de los años, y no es una casualidad, es la consecuencia directa de un sistema que exige entrega total sin ofrecer condiciones dignas a cambio.

Si esta tendencia continúa, el escenario que nos espera es claro: primero, mayor competencia con menor calidad formativa; después, como resultado de todo lo expuesto, un creciente desinterés por la carrera médica; y finalmente, una reducción sostenida en el número de profesionales que derivará en un desabastecimiento real de los servicios de salud, un problema de una magnitud aún mayor que el que enfrentamos hoy.

Por eso insisto: es momento de cambiar esta realidad. De valorar y tratar al médico con respeto y dignidad, no solo en el discurso y en las buenas intenciones, sino también en las condiciones salariales, en las jornadas laborales y en el derecho al descanso. Y también, por qué no decirlo, en la disposición a seguir las indicaciones médicas y confiar en el criterio de quien dedicó años de su vida a formarse precisamente para eso: para cuidar de la salud de los demás.

Dr. Darwin Moncayo es cirujano plástico reconstructivo y estético, docente universitario y Director de Turismo de Salud y Bienestar de la Cámara de Turismo del Guayas.

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